Me levanto. Alguien duerme en el suelo. Molesta, no puedo pasar. Me desgarro hacia el otro lado y me impaciento: la cama es demasiado larga y no puedo pasar. Al fin salto dos o tres objetos y logro llegar a la puerta.
Intento abrirla: cerrada. ¿La llave? ¡Qué sé! Si prendo la luz, despierto a los ogros durmientes. Si no prendo la luz me echa mi ogro jefe. Prendo la luz. Una corazonada, rápidamente busco la llave, no encuentro, la busco un poco más, no está, no está. Apago la luz. Pienso: ¿dónde podrían haberla metido los ogros? Eh... a lo mejor se cayó al suelo. Prendo la luz, encuentro.
Al salir me doy cuenta de que la puerta principal había quedado abierta. Vuelvo a la pieza, cierro la puerta. ¿Y si hay alguien en la casa? ¿Y si el vecino malacara entró a robar? Adentro no puedo quedarme, salgo.
Camino con atención hasta la puerta principal, la cierro. Cierro la ventana (que igual quedó al dios-lo-cuide). Me muevo rápidamente y camino hacia el baño, me tengo que duchar antes de que me retrase, el ladrón puede esperar, quizá ya se fue. Me ducho. ¡No está la toalla? Ay, la tienen los ogros. Me arreglo en el baño, salgo mojado. ¿Estará el ladrón? A lo mejor. Pero tengo que comer.
Hay frutas y pan en la mesa. Frutas no, están tibias por el calor. Pan y leche helada. Termino. ¡Un susto! Uno de los ogros pasa al baño... Me calmo, rezo, me siento, rezongo, me tomo la leche con una velocidad increíble a punto de que me dé hipo. Tomo agua. El ogro vuelve a la pieza, no me ve.
Vuelvo a abrir la puerta principal, estoy retrasado, corro. Cierro la puerta y... ups... veo que el vecino lava su terraza... es domingo... la corazonada... es domingo y no trabajo los domingos.
Vuelvo a la pieza, me acuesto. Carajo, soy un ogro más.
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